24/3/2026

 

   Se ha ido Juan Eladio Palmis. Lo traté durante quince años en numerosos eventos literarios de nuestra ciudad. Sus rarezas, sus obstinaciones y su ardor hicieron de él un espíritu de mareas largas, un corazón insumiso, una conciencia alerta hasta el último latido.

   Ensanchó pronto sus horizontes aprendiendo de la Marina Mercante. No fue casualidad que eligiera el mar como primera patria: el mar, que no admite dogmas ni fronteras y promete infinitud. En 1977, cuando publica La mar camino blando, su debut, lo que hace es traducir a palabras la música que ya le habitaba.




   Pero si el Mediterráneo fue su cuna, su imaginación se volcó hacia otra orilla más vasta y mestiza: esa «América morena» que él invocaba con fervor, la América de los insurgentes y los olvidados. Al observar sus creaciones, la isla de Cuba resplandece con particular intensidad, como un símbolo. En Españoles en Cuba cristaliza esa devoción, convirtiendo un estudio histórico en un puente afectivo que se tiende entre pueblos golpeados por la memoria.
   Hubo otra obsesión que lo acompañó durante décadas: la figura enigmática de Cristóbal Colón. Palmis no aceptó la confortable repetición de la historia oficial. En El oscuro almirante de la mar océana se atrevió a sugerir la hipótesis de un Colón portugués, tesis que ampliaría años más tarde en Cuando tres carabelas se dieron a la mar. En esa perseverancia investigadora se revela su temple moral: escribir para interrogar mitos. Fue un divulgador revoltoso, un hereje benévolo que prefería la duda a la complacencia.
   Su trayectoria es extensa y múltiple, pero más allá de los géneros, en todas sus obras palpita una misma sustancia: experiencia decantada por el tiempo, indignación ética, ternura hacia los humildes.
   Juan Eladio no fue un escritor de torre de marfil. Discutía con vehemencia en actos culturales del Luzzy, donde sus intervenciones, directas o tangenciales, encendían la polémica. Profundamente anticlerical, defendió siempre la autonomía del pensamiento. Hasta pocos días antes de su muerte le perturbaba el daño de la contaminación química postindustrial cartagenera: la misma pasión que lo llevaba a escrutar el pasado lo impulsaba a denunciar las heridas del presente.
   Quienes lo tratamos conservaremos de él imágenes imborrables. Yo guardo la de su emoción incontenible al saber que estaba ayudando en clase a uno de sus nietos, aquel abrazo en el paseo Alfonso XIII que sellaba gratitud y esperanza. Guardo también el recuerdo de su humor seco, la ironía casi marinera: cuando le preguntaron qué se necesitaba para ser escritor, respondió que «ante todo, unas buenas posaderas, porque el escritor debe pasar millones de horas sentado». En esa frase, mitad broma mitad ascetismo, se cifraba toda su ética: la literatura como paciencia, resistencia corporal, disciplina callada.




   Esta noche, al evocarlo, veo al autor prolífico y al polemista infatigable, al hombre que se negó a aceptar la superficie de las cosas, al poeta que escuchaba en el oleaje un murmullo de justicia, al estudioso que prefería la verdad discutida a la mentira cómoda.
   La muerte no ha clausurado su resonancia. Mientras alguien abra uno de sus libros y escuche en sus páginas el rumor de la mar, Juan Eladio seguirá vivo, navegando hacia espacios donde la historia, el verso y la dignidad humana vuelvan a encontrarse.

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