Se
ha ido Juan Eladio Palmis. Lo traté durante quince años en numerosos eventos
literarios de nuestra ciudad. Sus rarezas, sus obstinaciones y su ardor
hicieron de él un espíritu de mareas largas, un corazón insumiso, una
conciencia alerta hasta el último latido.
Pero
si el Mediterráneo fue su cuna, su imaginación se volcó hacia otra
orilla más vasta y mestiza: esa «América morena» que él invocaba
con fervor, la América de los insurgentes y los olvidados. Al
observar sus creaciones, la isla de Cuba resplandece con particular
intensidad, como un símbolo. En Españoles
en Cuba
cristaliza esa devoción, convirtiendo un estudio histórico en un
puente afectivo que se tiende entre pueblos golpeados por la memoria.
Hubo
otra obsesión que lo acompañó durante décadas: la figura
enigmática de Cristóbal
Colón.
Palmis no aceptó la confortable repetición de la historia oficial.
En El
oscuro almirante de la mar océana
se atrevió a sugerir la hipótesis de un Colón portugués, tesis
que ampliaría años más tarde en Cuando
tres carabelas se dieron a la mar.
En esa perseverancia investigadora se revela su temple moral:
escribir para interrogar mitos. Fue un divulgador revoltoso, un
hereje benévolo que prefería la duda a la complacencia.
Su trayectoria es extensa y múltiple, pero más allá de los géneros, en todas sus obras palpita una misma sustancia: experiencia decantada por el tiempo, indignación ética, ternura hacia los humildes.
Juan Eladio no fue un escritor de torre de marfil. Discutía con vehemencia en actos culturales del Luzzy, donde sus intervenciones, directas o tangenciales, encendían la polémica. Profundamente anticlerical, defendió siempre la autonomía del pensamiento. Hasta pocos días antes de su muerte le perturbaba el daño de la contaminación química postindustrial cartagenera: la misma pasión que lo llevaba a escrutar el pasado lo impulsaba a denunciar las heridas del presente.
Quienes lo tratamos conservaremos de él imágenes imborrables. Yo guardo la de su emoción incontenible al saber que estaba ayudando en clase a uno de sus nietos, aquel abrazo en el paseo Alfonso XIII que sellaba gratitud y esperanza. Guardo también el recuerdo de su humor seco, la ironía casi marinera: cuando le preguntaron qué se necesitaba para ser escritor, respondió que «ante todo, unas buenas posaderas, porque el escritor debe pasar millones de horas sentado». En esa frase, mitad broma mitad ascetismo, se cifraba toda su ética: la literatura como paciencia, resistencia corporal, disciplina callada.
Su trayectoria es extensa y múltiple, pero más allá de los géneros, en todas sus obras palpita una misma sustancia: experiencia decantada por el tiempo, indignación ética, ternura hacia los humildes.
Juan Eladio no fue un escritor de torre de marfil. Discutía con vehemencia en actos culturales del Luzzy, donde sus intervenciones, directas o tangenciales, encendían la polémica. Profundamente anticlerical, defendió siempre la autonomía del pensamiento. Hasta pocos días antes de su muerte le perturbaba el daño de la contaminación química postindustrial cartagenera: la misma pasión que lo llevaba a escrutar el pasado lo impulsaba a denunciar las heridas del presente.
Quienes lo tratamos conservaremos de él imágenes imborrables. Yo guardo la de su emoción incontenible al saber que estaba ayudando en clase a uno de sus nietos, aquel abrazo en el paseo Alfonso XIII que sellaba gratitud y esperanza. Guardo también el recuerdo de su humor seco, la ironía casi marinera: cuando le preguntaron qué se necesitaba para ser escritor, respondió que «ante todo, unas buenas posaderas, porque el escritor debe pasar millones de horas sentado». En esa frase, mitad broma mitad ascetismo, se cifraba toda su ética: la literatura como paciencia, resistencia corporal, disciplina callada.
Esta
noche, al evocarlo, veo al autor prolífico y al polemista
infatigable, al hombre que se negó a aceptar la superficie de las
cosas, al poeta que escuchaba en el oleaje un murmullo de justicia,
al estudioso que prefería la verdad discutida a la mentira cómoda.
La
muerte no ha clausurado su resonancia. Mientras alguien abra uno de
sus libros y escuche en sus páginas el rumor de la mar, Juan Eladio
seguirá vivo, navegando hacia espacios donde la historia, el verso y
la dignidad humana vuelvan a encontrarse.


La tan necesaria indignación ética... Buscaré sus obras.
ResponderEliminarNecesaria como el agua. Gracias, Lola.
EliminarA ti.
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