17/1/2026


   Mª Carmen Ruiz Guerrero, que consiguió el aplauso crítico con su anterior libro, Brocal y voraz, va construyendo un camino literario que no necesita camuflarse con activismos hiperbólicos o una marginalidad cool que confunda al lector. No precisa levantar un mito alrededor de su nombre: ni nació en medio de una tormenta, ni escribió su primer poema en una celda o entre el humo cafetero del barrio de Gràcia en los 90... La literatura, cuando es verdadera, se basta a sí misma, y la suya respira sin asistencia.
   Corren tiempos en que muchos se interesan en parecer que escriben más que en escribir. Sin embargo, ella ha elegido la tarea arriesgada de hacerlo bien, sin pancarta o biografía prefabricada que sostenga su palabra, su música seca, su lenguaje luminoso.
   Pessoa decía que el poeta es un fingidor; Bukowski, que el buen escritor no finge nada, sólo sobrevive. Ruiz Guerrero es una fingidora y una superviviente. Su obra habla para quien quiera escuchar, y en ese diálogo, íntimo y sin ruido, uno recuerda qué era lo esencial: decir algo que merezca quedarse. En su poesía no hay posturas ni disfraces, y eso, en esta época de gritos, quizá sea el gesto más revolucionario.




   Leer Palabras sedimentarias es descender a un estrato de sílabas fosilizadas donde la voz de la autora se mezcla con la materia misma del mundo: el polvo, la raíz, el hueso, la humedad. Ella tiene la voluntad mineral de nombrar lo que está debajo, lo que se hunde. En el poema de título homólogo al libro se confiesa cauce y lecho: «Fui la corriente. Fui el río. / Llegó la tormenta y las arrojó / contra las orillas». Mª Carmen reconoce que la voz ya no pertenece al aire, que pesa. Trabajando con la gravedad del alfabeto, lo deposita como si excavara en la conciencia. Su verso es, en cierto modo, geológico, pero no por frialdad científica, sino por erosión emocional. Cada poema sedimenta una experiencia de la pérdida o de la memoria. Y lo hace sin histeria, sin alardes líricos; con una serenidad que corta, como el filo de una piedra pulida por siglos de agua.
   En ‘Papel identidad’, la voz poética se cuestiona: «¿Cuánto has escrito? ¿Quién te escribe a ti?». La pregunta no busca respuesta: se enrosca, se ahoga dentro del propio verso. Hay una ironía existencial, pero también hay ternura. La autora se interroga como si hablara consigo misma en una habitación vacía, y en esa soledad brilla la autenticidad.
   Aquí se permite que el poema sangre un poco, pero lo hace con la limpieza de quien entiende que la herida es también caligrafía. Hay pasajes —como en ‘Celada’ o ‘Contra la mansedumbre’— donde la escritura se rebela frente a la docilidad impuesta a las mujeres, contra el silencio heredado: «Llamas paz a embotar el deseo». Esto es una acusación brillante, una lámpara que se enciende en la garganta.
   «La voz / no es el estado sólido de las palabras», dice un epígrafe inicial de Mariano Peyrou. Ese pórtico, casi una poética, define el pulso de toda la obra: la palabra como cuerpo y exhalación. Ruiz Guerrero sabe que la escritura requiere oxigenar el silencio. En ‘Respiración aerobia’, se lee: «Vivo dentro, examinando / cada partícula, cada elemento / en suspensión». Hallamos una biología de la palabra: respirar hacia adentro hasta encontrar un ritmo que reconcilie materia y conciencia.
   Nos encontramos con una expresividad que piensa mientras duele, que observa su herida como si fuese un fenómeno natural. De hecho, uno de los núcleos más conmovedores de la obra está en ‘Las manos de mi madre’, donde la autora encuentra en un gesto doméstico la revelación de una genealogía silenciosa: «Al pasar la página de un libro de poesía / me he encontrado de repente con la mano / de mi madre». El poema, sencillo y contenido, es un himno a la transmisión del afecto hecho con tacto. Y sin embargo, la emoción no se vuelve sentimentalismo: se mantiene firme, como una columna vertebral que sostiene la estructura entera del libro.
   De esa línea materna nacen también las muertas de ‘Somos tus muertas’, donde las locuciones femeninas resucitan: «Todas mis muertas son hermosas, / todas mis muertas cantan cuando cierro / los ojos». El tono es entusiasta, casi dionisíaco: las muertas viven y cantan, desafían el luto, inscribiéndose en la tradición de una poesía que no teme a la carne ni a la muerte, que las reconoce como continuidad.
   Si algo define este poemario es la insumisión sigilosa. En el poema final, ‘Insumisión’, declara: «Reivindico lo que falta, / la sed, el hambre, el deseo / de lo inalcanzable». Es una propuesta de la carencia y, por tanto, de la búsqueda perpetua. En el universo de Ruiz Guerrero solamente hay impulso, situándose en la tradición de quienes creen que escribir es mantener la llama del deseo cuando todo alrededor invita a la quietud.
   El tratamiento del silencio como textura, como materia sonora, ese modo de mirar —medio místico, medio animal— nos lleva a un terreno femenino y físico: el silencio como piel, como cuerpo que calla y, sin embargo, vibra.
   Hay una dialéctica constante entre tierra y palabra, entre fango y vuelo. En ‘Gruta’, los versos preguntan: «¿Quién se atreve a quebrar la oscuridad / de los seres que se ocultan?». Y en ‘Palabras aéreas’ las sílabas se transforman en lluvia y semilla. Esa tensión —descender y ascender— es la arquitectura secreta del poemario.
   Ruiz Guerrero no teme el lodo: su poesía acepta la impureza como condición del sentido. En ‘Thesaurus’ se condensa esa visión: «Las palabras se han arrancado / los adornos y eligen el retiro / del ermitaño». El lenguaje deja de ser ornamento para convertirse en supervivencia.




   En conclusión, Palabras sedimentarias no es un libro para leer deprisa: exige respiración lenta; exige dejar que el limo se asiente y que, al hacerlo, surja el reflejo. Lo que queda, tras su lectura, es la sensación de haber sido tocado por algo elemental: el rumor del agua bajo la piedra, la persistencia del recuerdo bajo la piel. Su poesía busca verdad. Y la verdad, como bien saben los que viven atentos, se suele escribir en voz baja, para que el alma escuche.

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