21/3/2026

 
   Abro Papel de arroz y al quinto o sexto poema siento haber entrado en una habitación donde alguien ha estado llorando una pena durante décadas. Enseguida comprendo que aquí no se va a escribir una literatura en el sentido cómodo del término. Bernardita Maldonado está intentando tocar algo que no tiene cuerpo, algo que ocurrió y que desde entonces ronda por la casa, la memoria y la sangre. Estos poemas sutiles van a ser una linterna temblorosa en un cuarto lleno de sombras.
   La autora se propone volver reiteradamente a un lugar donde pasó algo irreparable. Quizás para mirarlo desde un ángulo distinto, no para entenderlo, porque ciertas cosas no se entienden.
   El centro de ese territorio es un hermano que no llegó a vivir, aunque todo gira a su alrededor como si hubiera dejado una gravedad secreta en la familia, en la infancia, incluso en el habla misma.
   Bernardita lo dice sin rodeos: «Nunca supe si los ojos de mi hermano, muerto al nacer, / fueron azules o profundamente grises». Ahí empieza todo: una pregunta sin respuesta, una figura inconclusa, un vacío que no acepta quedarse quieto.
   Con qué brutalidad se presenta la vida aquí. En vez de sentimentalismo, leemos aspereza: hospitales, huesos frágiles, casas que tiemblan, cuerpos que no alcanzan a convertirse del todo en cuerpos... Ante este panorama, lo fácil sería que Maldonado escribiese con el golpe seco del cinismo, pero no, su escritura es obstinada, como la de quien cava en la tierra con las manos porque sabe que algo quedó enterrado allí. Cava y cava en las cajas de recuerdos, en las fotografías que no muestran lo que deberían mostrar, en las palabras que llegan tarde. Por momentos parece que Bernardita intentara reconstruir una figura a partir de fragmentos: articulaciones, cabello... Estos versos lo dicen con una claridad terrible: «A veces asoma una mano tuya, / a veces un mechón de pelo, / tus hombros amoratados». Es una poética del segmento, del indicio, del casi. El hermano se manifiesta como una especie de destello intermitente dentro del discurso, produce esa sensación de que la identidad es una construcción inestable, hecha de visiones que cambian de sitio. La obra entera provoca una interrogante: ¿qué significa existir cuando apenas hubo tiempo para comenzar a existir?
   La contestación, si la hay, ocurre en el poema mismo, que se convierte en un lugar donde ese ser incompleto puede moverse, respirar un poco, volver a cruzar el mundo como una presencia hecha de transformaciones extraordinarias: animales, piedras, ríos, montañas, pájaros, terremotos. Todo se confabula para darle materia a alguien que no la tuvo. El paisaje entra en la metáfora como si quisiera prestar sus formas al ausente.
   En una de las páginas más intensas el lenguaje se reconoce como un intento desesperado de saltar de un lado a otro: «De repente aparecen las palabras, / ventanas rotas / adquieren materia y estatura, / las juntamos como mejor podemos: / un puente quebradizo / donde retorna lo perdido».
   Eso es exactamente este libro: un puente quebradizo, la memoria como un mecanismo que trabaja incluso cuando creemos haber olvidado. La mente humana no se resigna a las interrupciones de la historia. Intenta completarlas, inventarlas, sostenerlas de algún modo.




   En Papel de arroz esa operación se vuelve palpable. Bernardita inventa escenas posibles para el hermano: cómo habría crecido, qué habría visto, qué fotografías le habrían tomado. Pero al mismo tiempo reconoce que todo eso es imaginación, un delicado artificio que apenas logra sostenerse.
   Las estrofas avanzan entonces en una tensión constante entre lo que fue y lo que pudo haber sido. Entre ambos extremos surge una cuestión más grande: qué hacer con aquello que nunca se desarrolló. La solución llega en una serie de gestos: abrir cajas, ordenar estampas, nombrar objetos pequeños, hablar con los muertos como si estuvieran escuchando. En ese sentido, el libro también es una conversación íntima. Hay versos escritos en el borde mismo de lo decible: «En la mesa del silencio hago un sitio para ti».
   Ese verso tiene algo de ritual doméstico, el acto de reservar un espacio para alguien que no se sentará nunca. Pero ese gesto, mínimo y tenaz, es el corazón de la “trama”.
   La escritura de Maldonado posee además una cualidad muy rara: lograr ser tierna sin perder intensidad. Su voz tiene la transparencia del objeto que sirve de título: el papel de arroz deja pasar la luz, pero también revela las grietas de lo que está detrás. Así funciona este poemario, como una superficie fina a través de la cual vemos moverse el tiempo, la pérdida, la infancia, la familia. Nada aquí está completamente cerrado. Todo vibra un poco, incluso el dolor, o quizá sobre todo el dolor.
   Al final uno comprende que lo que hace este canto es mantener visible la herida, pero mudada en algo que respira dentro de un idioma. En las últimas páginas brota una imagen que resume todo el recorrido: «por fin aparecerá un reino / de papel de arroz / para figuras / vivificadas para siempre / por su humilde voluntad de existir».
   Ese “reino” lo estamos leyendo, es una zona frágil, casi transparente, donde las cosas que no tuvieron tiempo de vivir pueden, al menos por un instante, sostenerse en la lumbre.

Comentarios