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Abro
Papel de arroz y al quinto o sexto poema siento haber entrado en una
habitación donde alguien ha estado llorando una pena durante décadas. Enseguida
comprendo que aquí no se va a escribir una literatura en el sentido cómodo del
término. Bernardita Maldonado está intentando tocar algo que no tiene cuerpo,
algo que ocurrió y que desde entonces ronda por la casa, la memoria y la
sangre. Estos poemas sutiles van a ser una linterna temblorosa en un cuarto
lleno de sombras.
La
autora se propone volver reiteradamente a un lugar donde pasó algo irreparable.
Quizás para mirarlo desde un ángulo distinto, no para entenderlo, porque
ciertas cosas no se entienden.
El
centro de ese territorio es un hermano que no llegó a vivir, aunque todo gira a
su alrededor como si hubiera dejado una gravedad secreta en la familia, en la
infancia, incluso en el habla misma.
Bernardita
lo dice sin rodeos: «Nunca supe si los ojos de mi hermano, muerto al nacer, / fueron
azules o profundamente grises». Ahí empieza todo: una pregunta sin respuesta,
una figura inconclusa, un vacío que no acepta quedarse quieto.
Con
qué brutalidad se presenta la vida aquí. En vez de sentimentalismo, leemos
aspereza: hospitales, huesos frágiles, casas que tiemblan, cuerpos que no
alcanzan a convertirse del todo en cuerpos... Ante este panorama, lo fácil
sería que Maldonado escribiese con el golpe seco del cinismo, pero no, su
escritura es obstinada, como la de quien cava en la tierra con las manos porque
sabe que algo quedó enterrado allí. Cava y cava en las cajas de recuerdos, en
las fotografías que no muestran lo que deberían mostrar, en las palabras que
llegan tarde. Por momentos parece que Bernardita intentara reconstruir una
figura a partir de fragmentos: articulaciones, cabello... Estos versos lo dicen
con una claridad terrible: «A veces asoma una mano tuya, / a veces un mechón de
pelo, / tus hombros amoratados». Es una poética del segmento, del indicio, del
casi. El hermano se manifiesta como una especie de destello intermitente dentro
del discurso, produce esa sensación de que la identidad es una construcción
inestable, hecha de visiones que cambian de sitio. La obra entera provoca una
interrogante: ¿qué significa existir cuando apenas hubo tiempo para comenzar a
existir?
La
contestación, si la hay, ocurre en el poema mismo, que se convierte en un lugar
donde ese ser incompleto puede moverse, respirar un poco, volver a cruzar el
mundo como una presencia hecha de transformaciones extraordinarias: animales,
piedras, ríos, montañas, pájaros, terremotos. Todo se confabula para darle
materia a alguien que no la tuvo. El paisaje entra en la metáfora como si
quisiera prestar sus formas al ausente.
En
una de las páginas más intensas el lenguaje se reconoce como un intento
desesperado de saltar de un lado a otro: «De repente aparecen las palabras, / ventanas
rotas / adquieren materia y estatura, / las juntamos como mejor podemos: / un
puente quebradizo / donde retorna lo perdido».
Eso
es exactamente este libro: un puente quebradizo, la memoria como un mecanismo
que trabaja incluso cuando creemos haber olvidado. La mente humana no se
resigna a las interrupciones de la historia. Intenta completarlas, inventarlas,
sostenerlas de algún modo.
En
Papel de arroz esa operación se
vuelve palpable. Bernardita inventa escenas posibles para el hermano: cómo
habría crecido, qué habría visto, qué fotografías le habrían tomado. Pero al
mismo tiempo reconoce que todo eso es imaginación, un delicado artificio que
apenas logra sostenerse.
Las
estrofas avanzan entonces en una tensión constante entre lo que fue y lo que
pudo haber sido. Entre ambos extremos surge una cuestión más grande: qué hacer
con aquello que nunca se desarrolló. La solución llega en una serie de gestos:
abrir cajas, ordenar estampas, nombrar objetos pequeños, hablar con los muertos
como si estuvieran escuchando. En ese sentido, el libro también es una conversación
íntima. Hay versos escritos en el borde mismo de lo decible: «En la mesa del silencio
hago un sitio para ti».
Ese
verso tiene algo de ritual doméstico, el acto de reservar un espacio para
alguien que no se sentará nunca. Pero ese gesto, mínimo y tenaz, es el corazón
de la “trama”.
La
escritura de Maldonado posee además una cualidad muy rara: lograr ser tierna sin
perder intensidad. Su voz tiene la transparencia del objeto que sirve de título:
el papel de arroz deja pasar la luz, pero también revela las grietas de lo que
está detrás. Así funciona este poemario, como una superficie fina a través de
la cual vemos moverse el tiempo, la pérdida, la infancia, la familia. Nada aquí
está completamente cerrado. Todo vibra un poco, incluso el dolor, o quizá sobre
todo el dolor.
Al
final uno comprende que lo que hace este canto es mantener visible la herida,
pero mudada en algo que respira dentro de un idioma. En las últimas páginas brota
una imagen que resume todo el recorrido: «por fin aparecerá un reino / de papel
de arroz / para figuras / vivificadas para siempre / por su humilde voluntad de
existir».
Ese
“reino” lo estamos leyendo, es una zona frágil, casi transparente, donde las
cosas que no tuvieron tiempo de vivir pueden, al menos por un instante,
sostenerse en la lumbre.
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