30/3/2026


  Retomo A sangre fría veinte años después de haberlo dejado a mitad y, ahora que sí he cumplido la misión de acabarlo, sigo respirando su ambiente de humo barato en una casa sin ventanas.
   Capote, con su voz de terciopelo afilado, se ha sentado frente a mí, ha encendido un cigarrillo y ha empezado a contarme algo que ya está muerto antes de empezar.
   La inocente descripción de Holcomb, un pueblo que personifica la calma, ya huele raro. Holcomb es limpio, amplio, casi sagrado. Ahí es donde uno empieza a desconfiar. Estás pasando las primeras páginas y, al mismo tiempo, esperando a que el autor deje caer al suelo esa pulcra porcelana. «La tierra es llana y las vistas enormemente grandes...». Esa expresión sobre el paisaje nos dice que hay demasiado espacio para que el mal se mueva sin ser visto.
   Es sutil crear la sensación de que la tragedia, más que irrumpir, se vaya infiltrando, como si los personajes ya estuvieran escritos desde antes de nacer. La familia Clutter, por tanto, cumple una función: son la perfección necesaria para que el crimen sea insoportable.
   El caso es que Capote no juzga, y ahí es donde se vuelve peligroso. Cuando los personajes de Perry y Dick entran en escena, se presentan como hombres torcidos, rotos, ridículos incluso. Uno con sueños de mapas y papagayos; otro muy poco complicado, con una violencia práctica. Y de pronto, sin que te des cuenta, estás mirando muy de cerca a dos monstruos.




   Se trata de la fragmentación del alma. Con Perry, sobre todo, entendemos que una persona puede ser muchas y ninguna al mismo tiempo: un niño herido, un asesino, un soñador de océanos, todo conviviendo en un cuerpo mal ensamblado. Y ahí Capote te mancha, te obliga a sentir, no ofrece una empatía limpia, una compasión noble. Lo que hay en realidad es miseria humana sin maquillaje, pero que no hace ruido hasta que ya es demasiado tarde. El asesinato, en vez de explotar, se queda suspendido. A Capote le basta con el vacío del después, por eso no se recrea en la sangre.
   Me perturba que el libro no busque justicia, moral, ni consuelo, solo quiera mirar y hacer que tú mires, como cuando te narran una historia y, a mitad, te das cuenta de que no puedes interrumpir aunque quisieras. Porque en el fondo, lo que late aquí es una idea incómoda: no hay una línea clara entre los que viven tranquilos en casas ordenadas y los que conducen de noche con una escopeta en el asiento trasero.
   Al terminar, sientes que has estado presente en algo que no deberías haber visto, algo que sigue ocurriendo en alguna parte, aunque cierres la novela. Desagrada ese silencio largo, seco, del que ya no se vuelve.

Comentarios

  1. Qué madrugador, illo. Buena elección de libro. Un clasicazo. Me lo leeré

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    1. Advierto: no es cómodo, no es lo que entendemos como un libro "bonito".

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    2. No pasa ná, yo soy una mujer del norte moralmente, mira mi primer apellido. Yo me leo hasta los papeles rotos de la calle como dice Cervantes. Evitaré leerlo antes de dormir, por lo que pudiera pasar. Si tú supieras lo que nos leemos con Cristina @lavidamurmura en La Montaña Mágica de suicidios, violaciones, etc. Para mí, eso ya es poquilla cosa, con lo sensible que soy, mi familia se queda muerta y normal. Eso sí Kill Bill una película muy dura, me la vi poco a poco la 1ª parte

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    3. Juan de Dios García31 de marzo de 2026 a las 0:00

      Pues, entonces, adelante.

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  2. Por cierto has puesto que la entrada es de enero, cuando estamos en marzo, señor jajajjajaja,

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    1. ¡Cierto! Las prisas de la madrugada... Lo corregiré. Gracias.

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