23/4/2026


   Mísero festín de las gaviotas se te mete en la boca como un puñado de sal y no hay manera de escupirlo sin perder algo de ti en el intento. Yulieth González Zea ha estado masticando recuerdos, huesos, heridas viejas, y ha dejado salir este libro recubierto con la saliva tibia de la rumia.
   La primera página se abre con una declaración de Herman Hesse: «La familia es un defecto del que no nos reponemos fácilmente». Enseguida emerge ‘Herencia’ con estos versos iniciales: «Hay un olor salino en la montaña / abono de otro tiempo». La autora apela a una biología emocional. Las mujeres de su linaje son materia orgánica, sudor, sangre, trabajo... Tiene peso esa genealogía. Yulieth deja claro que se crea desde la acumulación.
   Otra nota constante que se maneja es el espejo roto de la identidad, la imposibilidad de ser uno solo. Dice en ‘Caleidoscopio’: «Las otras, las que fui / y la que soy / viven dentro. / Entre todas, no me reconozco». Escuece esa cotidianidad de despertarte y no saber si el cuerpo que habitas te pertenece o es un alquiler vencido. La poeta examina el alma, fracturándose en múltiples yoes que no se reconocen; observa esa incomodidad, la describe, la deja pudrirse a la vista. Y ahí surge algo interesante: el cuerpo es campo de batalla, archivo, ruina.
   En ‘Máquina de coser’ se lee: «Con un hilo infinito / remiendo, una y otra vez, / heridas que sanaron / hace ya mucho tiempo». Esa estrofa es una trampa: si ya sanaron, ¿por qué seguir cosiendo? Porque no sanaron del todo, porque el dolor tiene memoria muscular, porque hay cosas que el tiempo disfraza sin curar.
   Vemos también algo casi obsesivo con el tránsito nocturno. ‘Desvelo’ es un pequeño descenso a un infierno doméstico: «Despierto / y el sueño comienza de nuevo». Hay algo de crueldad en que no haya salida ni siquiera en el despertar. Ahí el pulso se vuelve más peligroso, porque normaliza el dolor, como si vivir atrapado en uno mismo fuera lo más lógico del mundo.


   Cuando aparece el amor, no viene a salvar nada, como mucho a suspender la caída. En ‘Plenitud’ hay un momento de tregua: «Tomo tu mano, suave, / oigo tu voz que es calma / y me reconozco». Pero no dura mucho. Nunca dura. En este libro todo lo que parece estable está ya en proceso de descomposición. El amor es solamente un paréntesis.
   En la segunda parte viene el mar. Y ahí el poemario cambia de respiración. Se vuelve más abierto, pero no más libre. Yulieth escribe el mar como un espacio donde uno se pierde con más estilo que una postal turística.
   Se lee en ‘Poética con sal’: «La palabra mar / tan breve / tan concisa. / La pronuncio y mis labios se inundan». El lenguaje mismo se vuelve líquido. Decir es ya ahogarse un poco. Y en ‘Derrota’, que quizá sea uno de los textos que mejor encapsulan todo el libro: «Las gaviotas deambulan / por una playa que ya no les pertenece. / Recogen las migajas». Ahí está el título explicado sin explicarse. El «mísero festín» es de todos, no solo de las gaviotas. Vivimos de restos, de lo que queda después de algo que nunca vimos completo.
   Desfilan figuras como Sísifo, Ícaro o Ulises en versiones cansadas de sí mismos. En ‘Ícaro’: «Sé que seguiré intentando subir con las alas derretidas / y que será inútil». Se siente de continuo la repetición, y se insiste. Eso es lo más humano del libro: la terquedad de volver a intentarlo sabiendo que no va a funcionar.
   El último poema es un gesto de rendición elegante: «me uno / al / mísero festín de las gaviotas». Plantea una aceptación lúcida. Esto somos: comer sobras, mirar el mar, recordar lo que se perdió sin saber exactamente qué era.
   Que nadie espere respuestas en Mísero festín de las gaviotas. Yo creo que hay algo mejor: una voz que no se miente, cánticos que se mantienen fieles a su propia molestia. Eso, en un mundo lleno de literatura que únicamente quiere ser bonita, es casi un acto de resistencia.

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