Ébano no se deja resumir. Desde el
principio, advierte Kapuściński de una
verdad incómoda para el lector relajado: «Este continente es demasiado grande
para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte... En la realidad, salvo
por el nombre geográfico, África no existe». Uno entiende que lo que sigue va a
atravesar lo telúrico, lo histórico y lo político dando preferencia a la deriva
humana, al encuentro y las miradas cruzadas, que pesan más que cualquier
discurso.
Esta colección de crónicas agita un cóctel estilístico que, al final, la hace única: por un lado, están escritas sin adornos innecesarios, intentando no embellecer la miseria; por otro lado, Kapuściński no es un cínico, tiene la capacidad de comprender a los hombres incluso cuando están atrapados en sistemas que los aplastan; y, en el fondo, palpita una melancolía constante, la sensación de que el recorrido entero que vemos es apenas un fragmento de algo que jamás llegaremos a entender del todo.
En Ébano nos golpea la materia. La luz, por ejemplo. «Todo está inundado de luz», dice, y sentimos que esa luz aplasta. Después viene el olor, «el olor del cuerpo acalorado y del pescado secándose... de flores frescas y algas fermentadas». Ni estamos ante una postal, ni vamos a toparnos con un África de documental con música suave. Hay calor, sudor y cuerpos que resisten, una resistencia que será el hilo secreto del libro.
La gente —siempre la gente— aparece como algo inseparable del paisaje, una extensión viva de la tierra: «Cómo se convierten el hombre y la naturaleza en una comunidad indivisible».
El tiempo africano resulta una cosa viscosa, elástica, casi moral. Mientras el europeo corre detrás del tiempo, en África el tiempo no existe si no ocurre algo. A Kapuściński le llama mucho la atención la espera: gente que no hace nada, que simplemente está. Y uno, lector apresurado, se irrita un poco. ¿Cómo que no hacen nada? Ahí está el quid: somos nosotros los que no entendemos. Ébano, poco a poco, te obliga a desmontar tus reflejos. El tiempo es una ilusión íntima. Kapuściński lo demuestra sin filosofar: los autobuses esperan a llenarse para salir; el africano se sienta y entra en ese estado casi místico de «inerte espera». ¿Podemos entender ese modo de existir sin urgencia, donde la vida se organiza en presencias y no en objetivos?
Y luego está la fiebre política: independencias, golpes de estado, guerras civiles, líderes, nombres que prometen redención... Nkrumah aparece como una especie de profeta moderno, mitad esperanza, mitad espejismo. La gente cree con una intensidad que en Europa ya no sabemos ni imitar. «¡Somos libres!» dice un personaje en los capítulos dedicados a Ghana, y casi queremos creer con él.
Hay crónicas que parecen cuentos breves, pequeñas piezas de locura tranquila. Por ejemplo, ese hombre que lleva animales dentro de la cabeza; es una manera de decir el dolor, un león que ruge dentro del cráneo hasta hacerlo estallar. Quizás la literatura occidental se quede corta para contar experiencias que necesitan otras formas, otros delirios.
Poco antes de la mitad de Ébano ya acepto que no voy a salir con una conclusión clara. No hay moraleja ni tesis. Además, lo que llamamos África no cabe en un libro y Kapuściński lo sabe, por eso escribe dejando que nos quede latiendo una especie de inquietud, una incomodidad fértil.
Esta colección de crónicas agita un cóctel estilístico que, al final, la hace única: por un lado, están escritas sin adornos innecesarios, intentando no embellecer la miseria; por otro lado, Kapuściński no es un cínico, tiene la capacidad de comprender a los hombres incluso cuando están atrapados en sistemas que los aplastan; y, en el fondo, palpita una melancolía constante, la sensación de que el recorrido entero que vemos es apenas un fragmento de algo que jamás llegaremos a entender del todo.
En Ébano nos golpea la materia. La luz, por ejemplo. «Todo está inundado de luz», dice, y sentimos que esa luz aplasta. Después viene el olor, «el olor del cuerpo acalorado y del pescado secándose... de flores frescas y algas fermentadas». Ni estamos ante una postal, ni vamos a toparnos con un África de documental con música suave. Hay calor, sudor y cuerpos que resisten, una resistencia que será el hilo secreto del libro.
La gente —siempre la gente— aparece como algo inseparable del paisaje, una extensión viva de la tierra: «Cómo se convierten el hombre y la naturaleza en una comunidad indivisible».
El tiempo africano resulta una cosa viscosa, elástica, casi moral. Mientras el europeo corre detrás del tiempo, en África el tiempo no existe si no ocurre algo. A Kapuściński le llama mucho la atención la espera: gente que no hace nada, que simplemente está. Y uno, lector apresurado, se irrita un poco. ¿Cómo que no hacen nada? Ahí está el quid: somos nosotros los que no entendemos. Ébano, poco a poco, te obliga a desmontar tus reflejos. El tiempo es una ilusión íntima. Kapuściński lo demuestra sin filosofar: los autobuses esperan a llenarse para salir; el africano se sienta y entra en ese estado casi místico de «inerte espera». ¿Podemos entender ese modo de existir sin urgencia, donde la vida se organiza en presencias y no en objetivos?
Y luego está la fiebre política: independencias, golpes de estado, guerras civiles, líderes, nombres que prometen redención... Nkrumah aparece como una especie de profeta moderno, mitad esperanza, mitad espejismo. La gente cree con una intensidad que en Europa ya no sabemos ni imitar. «¡Somos libres!» dice un personaje en los capítulos dedicados a Ghana, y casi queremos creer con él.
Hay crónicas que parecen cuentos breves, pequeñas piezas de locura tranquila. Por ejemplo, ese hombre que lleva animales dentro de la cabeza; es una manera de decir el dolor, un león que ruge dentro del cráneo hasta hacerlo estallar. Quizás la literatura occidental se quede corta para contar experiencias que necesitan otras formas, otros delirios.
Poco antes de la mitad de Ébano ya acepto que no voy a salir con una conclusión clara. No hay moraleja ni tesis. Además, lo que llamamos África no cabe en un libro y Kapuściński lo sabe, por eso escribe dejando que nos quede latiendo una especie de inquietud, una incomodidad fértil.
Pero
África también muerde. Está el episodio de la cobra, un punto de tensión pura
que Kapuściński convierte en experiencia: el miedo como algo físico, inmediato,
que no necesita explicación. O la enfermedad: la malaria, la tuberculosis, esa
lenta descomposición del cuerpo del viajero que descubre que no pertenece a ese
clima, que su piel es una frontera frágil. El calor es una forma de desgaste,
sin embargo recibe elogios, porque en ese sudor constante verificamos que el
cuerpo está radicalmente vivo, sin anestesia.
Las
ciudades aparecen como accidentes. Onitsha, con su socavón, ese agujero tan
real como metafísico, parece tragarse cualquier intento de orden. África crece
sin plan, sus urbes se hinchan, monstruosas, devorando a quienes llegan a ellas
buscando... ¿qué?
Y aún así, bajo un árbol —siempre hay un árbol— se restablece el equilibrio. El árbol como refugio, como centro, como eje donde los tres mundos se tocan: el visible, el de los antepasados y el de los espíritus. Allí se negocia la vida.
Y qué retratos nos dibuja Kapuściński: Subotnik, el camarero tanzanés; Suleimán; Lalibela; los karamajong; Apolo, planchando su camisa artística; los somalíes, duros, afilados como el viento del desierto; los warlords, grotescos y terribles, que se ceban con mujeres y niños porque la guerra, en su forma más desnuda, siempre busca lo vulnerable; el religioso agotado en Camerún, que quizá haya perdido la energía para sostener su fe; el tuareg, que lleva en su silencio más historia que cualquier archivo; Heinrich Barth, el viajero alemán, sombra del pasado europeo que se proyecta sobre un continente que nunca terminó de comprender... Y el mercado africano: ese estallido de colores, de olores, de voces, donde la vida simplemente ocurre.
Hay curiosidades que son, en realidad, claves.
El africano cree, dentro de su estructura mental, en tres mundos. Por eso la brujería atraviesa incluso la política. Hay muchos líderes que confían en lo sobrenatural. Hasta las decisiones más “racionales” tienen un fondo imaginario.
El blanco, durante el colonialismo, fue el color del poder, pero también el de la culpa, porque la II Guerra Mundial —esa locura en la que los blancos se mataron entre sí— rompió el mito de su superioridad. El africano vio al blanco sangrar, huir, caer, y algo cambió para siempre. El panafricanismo nació ahí, en esa grieta.
Pero no hay redención fácil. La esclavitud dejó una herida que conecta directamente con la revolución. La violencia se transforma: la guerra de Ruanda, la de Sudán, Eritrea contra Etiopía... nombres que demuestran la fragilidad de los estados, la persistencia de las fracturas, el peso de una historia no resuelta.
Mientras tanto, el mundo sigue: una mujer baja del autobús con un niño dormido a la espalda, otro de la mano y el equilibrio perfecto sobre la cabeza. Es una coreografía sin espectadores, Ébano en estado puro.
Y aún así, bajo un árbol —siempre hay un árbol— se restablece el equilibrio. El árbol como refugio, como centro, como eje donde los tres mundos se tocan: el visible, el de los antepasados y el de los espíritus. Allí se negocia la vida.
Y qué retratos nos dibuja Kapuściński: Subotnik, el camarero tanzanés; Suleimán; Lalibela; los karamajong; Apolo, planchando su camisa artística; los somalíes, duros, afilados como el viento del desierto; los warlords, grotescos y terribles, que se ceban con mujeres y niños porque la guerra, en su forma más desnuda, siempre busca lo vulnerable; el religioso agotado en Camerún, que quizá haya perdido la energía para sostener su fe; el tuareg, que lleva en su silencio más historia que cualquier archivo; Heinrich Barth, el viajero alemán, sombra del pasado europeo que se proyecta sobre un continente que nunca terminó de comprender... Y el mercado africano: ese estallido de colores, de olores, de voces, donde la vida simplemente ocurre.
Hay curiosidades que son, en realidad, claves.
El africano cree, dentro de su estructura mental, en tres mundos. Por eso la brujería atraviesa incluso la política. Hay muchos líderes que confían en lo sobrenatural. Hasta las decisiones más “racionales” tienen un fondo imaginario.
El blanco, durante el colonialismo, fue el color del poder, pero también el de la culpa, porque la II Guerra Mundial —esa locura en la que los blancos se mataron entre sí— rompió el mito de su superioridad. El africano vio al blanco sangrar, huir, caer, y algo cambió para siempre. El panafricanismo nació ahí, en esa grieta.
Pero no hay redención fácil. La esclavitud dejó una herida que conecta directamente con la revolución. La violencia se transforma: la guerra de Ruanda, la de Sudán, Eritrea contra Etiopía... nombres que demuestran la fragilidad de los estados, la persistencia de las fracturas, el peso de una historia no resuelta.
Mientras tanto, el mundo sigue: una mujer baja del autobús con un niño dormido a la espalda, otro de la mano y el equilibrio perfecto sobre la cabeza. Es una coreografía sin espectadores, Ébano en estado puro.

¡Qué chulooooooo! Como todo lo que escribes. Me ha encantado tu reflexión sobre la confrontación del tiempo en las sociedades occidentales, frente a las orientales. Claramente es así, deberíamos aprender de los orientales. Ojalá pudiéramos ir como ellos, y no siempre con tantas prisas y obsesionados con la hiperproductividad, que maldita la gracia que me hace. En "La cuarentena" de Le Clézio también aparece esa reflexión, de ahí que no me resulte nueva. Bueno ya he hecho un poco de terapia de grupo =), a seguir.
ResponderEliminarNo conocía esa refencia en la obra de Le Clézio. Tomo nota. Gracias.
Eliminar¡Ay, de nada! Creo recordar que era uno de los temas que trataba, espero no engañarte, jajaj. Pues te va a encantar, si lo lees. Yo lo leí en el máster de literatura e hice una exposición sobre él y me encantó. Vengo a hacerme autopromoción, como Santiago Segura con Torrente, https://prezi.com/p/jp47y1ptj8gf/la-quarantaine-jean-marie-gustave-le-clezio/ Copia y pega.
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