En este libro de libros
está todo roto. La rotura es el idioma mismo intentando nacer otra vez. Cada
una de las ocho obras que lo componen, más de 230 poemas, parece que hubiese
pasado por una trituradora y, aun así, siguiera latiendo.
La tecla de Raúl Quinto —desde Grietas (2002) hasta su más reciente Cuaderno de la peste de 1348 (2026)— siempre ha mirado sin ceder un pestañeo, sabiendo que parpadear es una forma de mentira. La belleza, para él, se presenta como una lesión creativa, por eso el sello de Un idioma siempre al borde de la extinción se escribe desde ese lugar, el borde, para registrar la caída con precisión casi quirúrgica, aunque enseguida llegue el golpe.
Su debut con Grietas, entonces, muestra una fisiología del desastre, con variaciones de un mismo descenso, en el que alguien repite una pesadilla para entenderla y eso la hace más real: «Si te arañas la piel verás arena».
Luego llegan las máscaras. La piel del vigilante (2005) cambia firmemente el pulso de la escritura de Quinto, que toma el universo del cómic Watchmen y, lejos de desarrollarlo por su iconografía pop, exhibe a sus pobladores como ruinas morales, borrachos lúcidos, santos enfermos, hombres que descubrieron demasiado tarde que el mundo no tenía ningún centro. «Mantengo el equilibrio sobre un cable / hecho de nervios y latidos huecos», dice Rorschach. La realidad se vuelve un teatro donde los actores saben que están a punto de morir. Los personajes declaman entre lluvia, fango, neón, charcos, humo, y de improviso florece una delicadeza insoportable, como en ‘Júpiter en Venus’: «Porque el amor es ocre como el cielo».
Es dramatúrgica la estructura. Sus poemas resultan monólogos, confesiones hechas desde el extremo de un precipicio mental. Los superhéroes modernos son nuestra mitología derrotada. Creemos en tipos disfrazados que intentan ordenar un mundo que se cae a pedazos mientras ellos mismos se desmoronan por dentro.
‘El escritor’ —lógicamente, de mis textos favoritos— dice: «que no soy más que un guante sobre el barro» y siento esa idea pavorosa de que el yo es una careta al cuadrado. ¿Cuántas veces hemos deseado arrancarnos la piel para, por un instante, mirar debajo? La piel del vigilante: el disimulo que termina devorando el rostro, un bajón lírico hacia la identidad entendida como destrucción.
En la breve pausa de Poemas del Cabo de Gata (2007) emerge de nuevo un horizonte, otro tipo de violencia, más lenta. El mar de Alborán, las rocas volcánicas de origen submarino y la luz almeriense inspiran tranquilidad hasta que te das cuenta de que es una quietud a punto de romperse, como si la naturaleza también se cansase de sostener su propio estado: «Crece la duna en tu interior». El paisaje eres tú y viceversa.
Con La flor de la tortura (2008) llegamos a zona peligrosa. El lenguaje se abre en canal cuando los cuerpos se cortan, los sonidos traspasan la carne, las imágenes se quedan clavadas; suben y bajan las pestañas al ritmo de Joy Division y The Velvet Underground, tintineando al fondo de una morgue encendida y una bombilla temblando encima de los cadáveres: «La música es materia: / el canto del arpón / atravesando el pecho de la sirena». Ahí el lector ya no tiene escapatoria. O entras o sales del libro, pero si entras, empiezas a notar que todo ese exceso, toda esa intimidación.
El camino de esta herida lo surca una obsesión: el dolor es la única gramática fiable cuando el ser humano ya ha mentido demasiado. Quinto mete la cabeza dentro de la oscuridad y escribe esta flor desde ahí, desde «el interior del vértigo».
Muchas obras que intentan habitar el terror huelen a taller literario, a chico espabilado con biblioteca de vanguardias. En este caso, el libro no teme ser excesivo porque entiende que el pánico nunca ha sido sobrio. Hay muestras brutalmente físicas: cuchillas, sangre, vértebras, ojos arrancados, óxido, alambres... Nuestra anatomía es un territorio de demolición y la civilización una piel finísima sobre el matadero. Basta un pequeño corte para que aparezca Stalingrado, Ruanda, Armenia o la Argentina del 78 respirándonos detrás: «El exterminio es una danza hermosa / ofreciendo sus labios».
Si La flor de la tortura apabulla, Ruido blanco (2012) te contamina. Más que un poemario, parece un informe forense de una sociedad que ha confundido la recreación con la realidad y la estridencia con el pensamiento. Hay esqueletos eléctricos, accidentes, insectos, radiografías, pantallas, hospitales, sangre televisada y una especie de ternura enferma que brota de pronto, como una mano sujetándote la nuca mientras vomitas. Qué manera de construir belleza entre restos industriales y atmósferas radioactivas: «La palabra yo escrita con gasolina sobre el capó de un coche en llamas».
La tecla de Raúl Quinto —desde Grietas (2002) hasta su más reciente Cuaderno de la peste de 1348 (2026)— siempre ha mirado sin ceder un pestañeo, sabiendo que parpadear es una forma de mentira. La belleza, para él, se presenta como una lesión creativa, por eso el sello de Un idioma siempre al borde de la extinción se escribe desde ese lugar, el borde, para registrar la caída con precisión casi quirúrgica, aunque enseguida llegue el golpe.
Su debut con Grietas, entonces, muestra una fisiología del desastre, con variaciones de un mismo descenso, en el que alguien repite una pesadilla para entenderla y eso la hace más real: «Si te arañas la piel verás arena».
Luego llegan las máscaras. La piel del vigilante (2005) cambia firmemente el pulso de la escritura de Quinto, que toma el universo del cómic Watchmen y, lejos de desarrollarlo por su iconografía pop, exhibe a sus pobladores como ruinas morales, borrachos lúcidos, santos enfermos, hombres que descubrieron demasiado tarde que el mundo no tenía ningún centro. «Mantengo el equilibrio sobre un cable / hecho de nervios y latidos huecos», dice Rorschach. La realidad se vuelve un teatro donde los actores saben que están a punto de morir. Los personajes declaman entre lluvia, fango, neón, charcos, humo, y de improviso florece una delicadeza insoportable, como en ‘Júpiter en Venus’: «Porque el amor es ocre como el cielo».
Es dramatúrgica la estructura. Sus poemas resultan monólogos, confesiones hechas desde el extremo de un precipicio mental. Los superhéroes modernos son nuestra mitología derrotada. Creemos en tipos disfrazados que intentan ordenar un mundo que se cae a pedazos mientras ellos mismos se desmoronan por dentro.
‘El escritor’ —lógicamente, de mis textos favoritos— dice: «que no soy más que un guante sobre el barro» y siento esa idea pavorosa de que el yo es una careta al cuadrado. ¿Cuántas veces hemos deseado arrancarnos la piel para, por un instante, mirar debajo? La piel del vigilante: el disimulo que termina devorando el rostro, un bajón lírico hacia la identidad entendida como destrucción.
En la breve pausa de Poemas del Cabo de Gata (2007) emerge de nuevo un horizonte, otro tipo de violencia, más lenta. El mar de Alborán, las rocas volcánicas de origen submarino y la luz almeriense inspiran tranquilidad hasta que te das cuenta de que es una quietud a punto de romperse, como si la naturaleza también se cansase de sostener su propio estado: «Crece la duna en tu interior». El paisaje eres tú y viceversa.
Con La flor de la tortura (2008) llegamos a zona peligrosa. El lenguaje se abre en canal cuando los cuerpos se cortan, los sonidos traspasan la carne, las imágenes se quedan clavadas; suben y bajan las pestañas al ritmo de Joy Division y The Velvet Underground, tintineando al fondo de una morgue encendida y una bombilla temblando encima de los cadáveres: «La música es materia: / el canto del arpón / atravesando el pecho de la sirena». Ahí el lector ya no tiene escapatoria. O entras o sales del libro, pero si entras, empiezas a notar que todo ese exceso, toda esa intimidación.
El camino de esta herida lo surca una obsesión: el dolor es la única gramática fiable cuando el ser humano ya ha mentido demasiado. Quinto mete la cabeza dentro de la oscuridad y escribe esta flor desde ahí, desde «el interior del vértigo».
Muchas obras que intentan habitar el terror huelen a taller literario, a chico espabilado con biblioteca de vanguardias. En este caso, el libro no teme ser excesivo porque entiende que el pánico nunca ha sido sobrio. Hay muestras brutalmente físicas: cuchillas, sangre, vértebras, ojos arrancados, óxido, alambres... Nuestra anatomía es un territorio de demolición y la civilización una piel finísima sobre el matadero. Basta un pequeño corte para que aparezca Stalingrado, Ruanda, Armenia o la Argentina del 78 respirándonos detrás: «El exterminio es una danza hermosa / ofreciendo sus labios».
Si La flor de la tortura apabulla, Ruido blanco (2012) te contamina. Más que un poemario, parece un informe forense de una sociedad que ha confundido la recreación con la realidad y la estridencia con el pensamiento. Hay esqueletos eléctricos, accidentes, insectos, radiografías, pantallas, hospitales, sangre televisada y una especie de ternura enferma que brota de pronto, como una mano sujetándote la nuca mientras vomitas. Qué manera de construir belleza entre restos industriales y atmósferas radioactivas: «La palabra yo escrita con gasolina sobre el capó de un coche en llamas».
Igual
que un espectro fluorescente, se nombra y retrata con insistencia a Christine
Chubbuck. Su suicidio transmitido se convierte en símbolo, espejo, liturgia
moderna que revela el hambre obscena de mirar, la necesidad contemporánea de
transformar el sufrimiento en espectáculo para sentir algo durante unos
segundos. Vivimos consumiendo catástrofes mientras comemos patatas fritas
frente al ordenador, un acto tan sucio y tan humano por el que la moral de Ruido blanco no intenta culpar ni
indultar a nadie. Hay, eso sí, una conciencia fracturada sintiendo que la
realidad ya ha sido sustituida por una copia defectuosa de sí misma: «El alma
es un parásito en la maquinaria perfecta del cuerpo».
Con una tristeza lúcida y
un donaire atroz, lo primero que hace La lengua rota (2019) es
arrancarse sus músculos delante del lector: «La lengua rota ya no puede
decir nada, pero habla».
Como si varias conciencias soñaran en una misma imaginación, Quinto aborda el modo en que el poder domestica el idioma para soportar su fiereza. Para ello, rescata nombres reales —Ana Orantes, José Couso, Berta Cáceres, David Kato— y los representa con ceniza acuosa sobre el papel. Lo hace sin épica ninguna, lo que resulta aún más devastador.
Cuando habla de la carretera Málaga-Almería durante la Desbandá, lo hace desde el polvo en la garganta, desde el niño que camina sosteniendo la mano amputada de su madre sin comprender todavía que la muerte ya ocurrió varios kilómetros atrás. Ese fragmento da rabia leerlo, porque sentimos que el poema no quiere ser hermoso y, sin embargo, lo es: «Él cogía la mano de su madre sin madre porque su madre era un agujero».
Por su desconsuelo y por la ausencia de respuestas, La lengua rota te deja conmovido. Además, entendemos algo fundamental: que el horror contemporáneo no entra con botas militares necesariamente, lo puede hacer con publicidad farmacéutica, con burocracia, plasmas masivos, mapas o discursos técnicos. La sección “Talidomida” es turbadora precisamente por eso: «Toda esta química te salva».
Sola (2020) es más bien el residuo escrito de una conciencia que sigue respirando cuando ya no queda nada que respirar; un poema largo, mutante, roto —por supuesto—, que avanza como un animal moribundo por pasillos en verso, juegos fonéticos, líricos, silábicos y verbales.
El auténtico espanto es la persistencia, el hecho insoportable de que todavía quede alguien sentado en una silla mientras «todos los otros seres han muerto». Esa frase de Thomas Bailey Aldrich, mínima y perfecta, funciona como una detonación lenta, vibrando Sola dentro de ella.
«Microplásticos», «líquido cefalorraquídeo», «tejido epitelial»... Tras muchas palabras clínicas mezcladas con una imaginería mística y podrida, tras una redacción que parece hecha durante los últimos diez segundos de conciencia antes de una catástrofe definitiva, tras un mal sueño metafísico —«ella no es ella sino la pura grabación de sí misma sin ella»—, leemos un extraordinario final, donde Aldrich cierra el cuento y algo llama a la puerta para decirle: «ya has escrito suficiente». Ahí Sola se repliega sobre sí mismo: el autor, el personaje, el lector, todos atrapados dentro de la misma habitación, todos escuchando el mismo golpe en la puerta.
Uno termina Cuaderno de la peste de 1348 con la sensación de haber tocado algo húmedo, antiguo, como la pared de una iglesia abandonada o el interior de un pulmón. Si alguien busca en ese título medievalismo de museo, armaduras relucientes o pergaminos, está en un error. Lo que hay es pus, sal, amnesia y superstición, expresados con un encanto raro. Los versos «No está vivo ni está muerto el virus / igual que Dios» hacen de bubón central de este salmo infectado. Poema a poema una campana toca a muerto o una rata cruza la página.
También hay, cómo no, rabia política. ‘Pogromo’ es quizá uno de los textos más brutales del conjunto, porque recuerda algo que la humanidad jamás aprende: en cuanto aparece el miedo, necesitamos inventar un culpable, ya sean judíos, extranjeros, pobres, herejes... El otro, siempre el otro. La peste cambia de siglo, pero conserva las mismas costumbres.
Y con esta conversión de epidemia medieval en una experiencia íntima y contemporánea, acaba Quinto su poesía reunida de resplandores sucios, herrumbre, elegancia doliente, respiración torcida, memoria que se pudre lentamente y continuos quiebros semánticos. He dicho “acaba”, por ahora, ya que al autor, si los dioses le son propicios, le quedan décadas por delante para seguir haciéndonos disfrutar con su insólita literatura de dientes apretados.
Como si varias conciencias soñaran en una misma imaginación, Quinto aborda el modo en que el poder domestica el idioma para soportar su fiereza. Para ello, rescata nombres reales —Ana Orantes, José Couso, Berta Cáceres, David Kato— y los representa con ceniza acuosa sobre el papel. Lo hace sin épica ninguna, lo que resulta aún más devastador.
Cuando habla de la carretera Málaga-Almería durante la Desbandá, lo hace desde el polvo en la garganta, desde el niño que camina sosteniendo la mano amputada de su madre sin comprender todavía que la muerte ya ocurrió varios kilómetros atrás. Ese fragmento da rabia leerlo, porque sentimos que el poema no quiere ser hermoso y, sin embargo, lo es: «Él cogía la mano de su madre sin madre porque su madre era un agujero».
Por su desconsuelo y por la ausencia de respuestas, La lengua rota te deja conmovido. Además, entendemos algo fundamental: que el horror contemporáneo no entra con botas militares necesariamente, lo puede hacer con publicidad farmacéutica, con burocracia, plasmas masivos, mapas o discursos técnicos. La sección “Talidomida” es turbadora precisamente por eso: «Toda esta química te salva».
Sola (2020) es más bien el residuo escrito de una conciencia que sigue respirando cuando ya no queda nada que respirar; un poema largo, mutante, roto —por supuesto—, que avanza como un animal moribundo por pasillos en verso, juegos fonéticos, líricos, silábicos y verbales.
El auténtico espanto es la persistencia, el hecho insoportable de que todavía quede alguien sentado en una silla mientras «todos los otros seres han muerto». Esa frase de Thomas Bailey Aldrich, mínima y perfecta, funciona como una detonación lenta, vibrando Sola dentro de ella.
«Microplásticos», «líquido cefalorraquídeo», «tejido epitelial»... Tras muchas palabras clínicas mezcladas con una imaginería mística y podrida, tras una redacción que parece hecha durante los últimos diez segundos de conciencia antes de una catástrofe definitiva, tras un mal sueño metafísico —«ella no es ella sino la pura grabación de sí misma sin ella»—, leemos un extraordinario final, donde Aldrich cierra el cuento y algo llama a la puerta para decirle: «ya has escrito suficiente». Ahí Sola se repliega sobre sí mismo: el autor, el personaje, el lector, todos atrapados dentro de la misma habitación, todos escuchando el mismo golpe en la puerta.
Uno termina Cuaderno de la peste de 1348 con la sensación de haber tocado algo húmedo, antiguo, como la pared de una iglesia abandonada o el interior de un pulmón. Si alguien busca en ese título medievalismo de museo, armaduras relucientes o pergaminos, está en un error. Lo que hay es pus, sal, amnesia y superstición, expresados con un encanto raro. Los versos «No está vivo ni está muerto el virus / igual que Dios» hacen de bubón central de este salmo infectado. Poema a poema una campana toca a muerto o una rata cruza la página.
También hay, cómo no, rabia política. ‘Pogromo’ es quizá uno de los textos más brutales del conjunto, porque recuerda algo que la humanidad jamás aprende: en cuanto aparece el miedo, necesitamos inventar un culpable, ya sean judíos, extranjeros, pobres, herejes... El otro, siempre el otro. La peste cambia de siglo, pero conserva las mismas costumbres.
Y con esta conversión de epidemia medieval en una experiencia íntima y contemporánea, acaba Quinto su poesía reunida de resplandores sucios, herrumbre, elegancia doliente, respiración torcida, memoria que se pudre lentamente y continuos quiebros semánticos. He dicho “acaba”, por ahora, ya que al autor, si los dioses le son propicios, le quedan décadas por delante para seguir haciéndonos disfrutar con su insólita literatura de dientes apretados.

❤️ , “el dolor es la única gramática fiable”
ResponderEliminarSuena exagerado, pero creo que es una gran verdad.
EliminarQué te voy a decir yo, si soy superhiperbólica y sensible 🤣
Eliminar¡Jajajajajaja!
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