Llamo a las puertas de este libro y escucho a alguien muy lúcido hablar de su derrota. Lo raro es que esa derrota no resulta miserable, tiene dignidad estética, como si la frustración, cuando se piensa bien y se escribe mejor, pudiera reducirse a una forma de aristocracia interior.
El título ―Iba yo a ninguna parte― ya contiene toda una metafísica. Arranca el verbo con un «iba», no con un «voy» o un «fui». Se ha decidido por el gerundio imperfecto de alguien instalado en el tránsito perpetuo hacia el vacío, en esa conciencia de que el movimiento interior importa más que el destino, pero también porque el viaje sucede entre bares, excesos, trabajos absurdos, tedios provincianos y una fatiga casi biológica de existir, practicando la melancolía culta, la inteligencia afectiva que vuelve cada mínimo vaivén en síntoma de una decadencia más amplia: la del individuo, la del tiempo histórico, la de una sensibilidad entera.
«Era demasiado tarde y no lo supe, yo quería dejarme caer por el mundo, pero fui arrojado». Bleda sospecha que la vida ya venía usada cuando se la entregaron, cree haber llegado a ella después de las grandes ilusiones o gestas heroicas. Me pregunto si esto no responde a una conciencia generacional, a Heidegger pasado por la precariedad emocional del sur español, entereza traducida al idioma del alquiler barato, del insomnio y de la ansiedad contemporánea.
Y qué capacidad demuestra para mezclar pensamiento alto y mezquindad cotidiana sin que chirríen. En una misma página circulan Sartre, un vino infame, el histerismo laboral, Huidobro, la resaca y la humillación social de no entender de vinos caros. Y todo ello sin pose culturalista, narrando la experiencia genuina de alguien que ha leído mucho para soportar mejor la tristeza.
En ese sentido, el libro proyecta una honestidad neurótica, vulnerable, consciente de sí misma incluso mientras se dramatiza. Bleda sabe que está exagerando y, aun así, le encanta hacerlo, ha logrado la domesticación del fracaso.
Sin embargo, no cae en el cinismo total. Hay un poco, claro, pero es un cinismo sentimental, herido, incapaz de renunciar a cierta belleza. El texto ‘El cínico y el soñador’ es central, porque explica la mutación psicológica del narrador. El soñador envejece hacia el sarcasmo igual que la fruta hacia el licor, pero, aun transfigurado en cínico, sigue conservando nostalgia del asombro. Nuestro protagonista no disfruta destruyendo ilusiones ajenas, lo que hace es llorar discretamente sobre las ruinas de las suyas.
Ahí emerge otra dimensión del libro: su conciencia temporal enfermiza. En Iba yo a ninguna parte el tiempo es sinónimo de desgaste. Los veranos, los lunes, los otoños, las noches, las carreteras, las siestas... poseen una densidad elegíaca, suceden ya bajo el signo de su desaparición. Hasta los momentos felices nacen contaminados de pérdida. En ‘El buen verano’ escribe: «Verano que ya es de otro tiempo; siempre lo son, esos veranos».
También hay una relación extraordinaria con los espacios. La provincia mediterránea aparece como paisaje ético, político, psicológico, lejos del costumbrismo turístico. Las plazas, los supermercados cerrados, las persianas bajadas, las carreteras del sur, las heladerías fluorescentes y los interiores pegajosos del estío componen un material emocional potentísimo. La mirada de Bleda se ha especializado en jugosas insignificancias, recuerda a esos escritores que convierten la atmósfera en pensamiento. La humedad de una tarde contiene ya toda una filosofía de la decepción. En este fragmento, por ejemplo, de ‘Penumbra de algas negras’, «todo un rodearse muy lento, como luchadores que no luchan», describe una forma hipermoderna del deseo, personas agotadas para amar, gente que se aproxima sentimentalmente conociendo ya la pérdida de antemano.
El narrador siempre navega ligeramente
desplazado respecto a lo real. Trabaja, bebe, pasea, conversa, ama, recuerda,
pero todo le sucede con una especie de retraso existencial. De ahí la
importancia constante de la imaginación, la memoria y la ensoñación. En
‘Ludopatía’ dice: «Yo siempre estoy aquí, afuera, y también en mi submarino
azul». Eso es exactamente Iba yo a ninguna parte: un artefacto de
inmersión interior construido para sobrevivir a la superficie de la actualidad.
También hay humor, mucho, y menos mal,
porque sin ese humor el libro sería insoportable. Es un humor profundamente
español: negro, barroco, autodestructivo, teatral. El episodio de ‘El de los
muertos’ es una obra maestra en miniatura. Ahí Bleda alcanza algo muy difícil:
transformar la burocracia funeraria en revelación antropológica. Veo ecos de
Valle-Inclán, Gómez de la Serna o Quevedo cuando contemplamos España convertida
en una tragicomedia de recibos, entierros, frases hechas y ancianos que bromean
sobre su propio ataúd. Tiene un oído magnífico para detectar cómo el lenguaje
cotidiano encierra pequeñas ontologías involuntarias. En cada capítulo intuye
que la verdad suele esconderse en expresiones gastadas, en comentarios
vulgares, en conversaciones de cocina o escalera. Sale entonces el escritor
auténtico, el que escucha el murmullo moral de su época.
Al contrario de muchos prosistas jóvenes que confunden intensidad con importancia, Rubén Bleda evita ese peligro porque sabe reírse de sí mismo. Su dramatismo está constantemente saboteado por una conciencia burlona. Cuando se pone excesivamente lírico, introduce una frase coloquial que pincha el globo. Si parece hundirse en el abismo filosófico, hace brotar una imagen grotesca. Ese equilibrio salva el libro de la pretensión, ya que tiene todos los ingredientes para ella: referencias cultas, spleen, autoficción enternecedora, actitud estoica, lirismo. Pero ocurre que funciona, porque debajo de todo eso hay una vivencia real del desajuste, se nota que no escribe para aparentar profundidad, sino porque la escritura es la única manera que tiene de organizar el caos.
Tal vez la afirmación más triste sea esta: «Que el otoño iba en serio lo descubro, finalmente, en que no tengo ganas ni de que me quieran». Anuncia una devastación silenciosa, el cansancio de desear amor. A pesar de eso, imagino a Rubén resistiendo, íntima y quizás inútilmente, pero de la manera más humana. Lo adivino encendiendo un cigarro bajo la lluvia, otro, aunque sepa que se apagará enseguida. Lo concibo caminando.
Al contrario de muchos prosistas jóvenes que confunden intensidad con importancia, Rubén Bleda evita ese peligro porque sabe reírse de sí mismo. Su dramatismo está constantemente saboteado por una conciencia burlona. Cuando se pone excesivamente lírico, introduce una frase coloquial que pincha el globo. Si parece hundirse en el abismo filosófico, hace brotar una imagen grotesca. Ese equilibrio salva el libro de la pretensión, ya que tiene todos los ingredientes para ella: referencias cultas, spleen, autoficción enternecedora, actitud estoica, lirismo. Pero ocurre que funciona, porque debajo de todo eso hay una vivencia real del desajuste, se nota que no escribe para aparentar profundidad, sino porque la escritura es la única manera que tiene de organizar el caos.
Tal vez la afirmación más triste sea esta: «Que el otoño iba en serio lo descubro, finalmente, en que no tengo ganas ni de que me quieran». Anuncia una devastación silenciosa, el cansancio de desear amor. A pesar de eso, imagino a Rubén resistiendo, íntima y quizás inútilmente, pero de la manera más humana. Lo adivino encendiendo un cigarro bajo la lluvia, otro, aunque sepa que se apagará enseguida. Lo concibo caminando.

Pinta muy bien. Cristina me ha hablado muy bien del libro, y genuinamente, tengo ganas de leerlo. Me he metido varias veces para ver cuándo subías la reseña et voilà aquí está. Me encanta eso de "ha logrado la domesticación del fracaso". Creo que es superimportante hacerlo, es la única manera de perderle miedo a ese bicho infernal, al menos en mi caso. Amo la gente que escribe sobre la cotidianeidad. Libraco. Hasta dentro de unas horas :)
ResponderEliminarEs un vademécum de la orientación.
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