Ayer José Alcaraz y yo tuvimos
una visita sorpresa del “califa” cultural cordobés Adolfo Belmonte de Rueda. Lo
trajo su hermana Teresa, que vive desde hace una década en Murcia. Me alegró
verla recuperar la sonrisa que se le había desdibujado hace años. Es una mujer
valiente y buena, como su hermano mellizo. Yo llevé a la reunión a mi amigo
Jesús Quintana, profesor de matemáticas, y José me presentó al pintor muleño
Ramón González Palazón. Tomamos copas en Chamfer y más tarde fuimos a cenar a
Kakure, donde nos encontramos casualmente con el poeta Joaquín Piqueras y su
familia, que se unieron a la conversación. El ritmo no cesa. Me siento
estupendamente en este verano de nunca acabar y sin más pretensiones que la
amistad desnuda encima de la mesa.
Esta mañana tocaba hacer los exámenes de septiembre a alumnos de Bachillerato. En el camino al trabajo, yendo por el Paseo Alfonso XIII con leve resaca, me ha dado por pensar en esas personas de círculos literarios próximos que tienen mi teléfono en su agenda y de las que no he vuelto a saber nada en los últimos años, gente que me ha pasado la mano, le he hecho uno, dos, tres favores, por generosidad, aunque no estuviera muy convencido de sus méritos, y al cuarto acto de mendicidad, por las razones que fueren, si no le he dado la moneda esperada, ¡boom!, he dejado de existir. En cuanto les he hecho un silencio administrativo con sus libros ni siquiera han piado. Y me alegra, porque durante este período llevo quitándome de encima a sujetos que se te acercan sólo para una cosa; si lo consiguen, desaparecen progresivamente; si no lo consiguen, te ponen a caer de un burro allá donde vayan. El lado bueno de este asunto es el progreso que uno hace en la percepción del interesado, poder olerlo a kilómetros reales y virtuales de distancia.
Vivo lo más refugiado posible de esa toxicidad. Sé que siempre va a estar ahí, agazapada, pero ya era hora de aprender a obviarla. Con lo poco que tengo que ofrecer y lo ligero que me siento cada vez al soltar lastres así.

Qué encuentros más fortuitos, yo también cuando salgo me encuentro a mucha gente. A la gente que no suma ¡FUERA! Como dice Celia Cruz en "Carnaval". Hay mucho interesao por el mundo. Pero bueno, al final, la vida nos ayuda a hacer una selección de las personas que deben ser importantes para nosotros, porque está claro que el millón de amigos que quería Roberto Carlos está difícil de conseguir. No te desanimes y pá'lante, ver que a ti también te pasan estas cosas, además de empatizar contigo, me ayuda a no sentirme una tonta, cada vez que me pasa, así que gracias por tu valentía al compartir ese testimonio :) . Tú tienes mucha gente que te quiere y te admira, tal y como eres, pá qué más, me pregunto a veces. No somos conscientes
ResponderEliminarGracias, Marta, por tus palabras. Un abrazo.
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