He
terminado Astrágalo de Juan Antonio
López. Me queda en la boca ese sabor fresco que dejan ciertas lecturas cuando
simplemente quiero dejarme llevar durante unas cuantas tardes. La novela
funciona como un mecanismo bien engrasado: un crimen en un medio rural, una
historia situada a mitad de los 90 y una atmósfera en la que las cosas parecen
suceder despacio, aunque las viejas heridas lleven años trabajando a pleno
rendimiento. La violencia, cuando aparece, trae consigo rencores, cuentas
pendientes y esa obstinación tan humana de querer devolver el daño recibido,
como si el dolor pudiera saldarse con otro dolor.
Lo que más me ha gustado es que, dentro de la maquinaria del género, cabe algo más que el misterio. Hay memoria política y memoria personal, dos formas de recordar que a menudo se confunden y que casi nunca nos dejan en paz. El pasado colectivo se mete en las casas, en las conversaciones, también en los silencios; el pasado íntimo, por su parte, se disfraza de asunto olvidado hasta que alguien abre la puerta equivocada.
Lo que más me ha gustado es que, dentro de la maquinaria del género, cabe algo más que el misterio. Hay memoria política y memoria personal, dos formas de recordar que a menudo se confunden y que casi nunca nos dejan en paz. El pasado colectivo se mete en las casas, en las conversaciones, también en los silencios; el pasado íntimo, por su parte, se disfraza de asunto olvidado hasta que alguien abre la puerta equivocada.
Luego
está Fabián, el inspector, con su oficio y su condición de hombre que debe
seguir adelante mientras intenta poner algún orden en el desorden ajeno. Me ha
interesado especialmente la relación con su hija adolescente, Alba. Esa camaradería
paterno-filial introduce una calidez que agradezco. Es hermoso que un padre y
una hija puedan entenderse como dos compañeros de viaje que han subido al mismo
tren en estaciones diferentes.
Astrágalo no me ha
cambiado la vida. Tampoco creo que su autor aspirara a eso con sus lectores. Es
un libro que me ha entretenido, me ha hecho pensar un poco y me ha permitido
pasar unas horas en compañía de personajes que, al cerrar las tapas, han dejado
tras de sí una sombra discreta. He disfrutado de su intriga, de su trasfondo y
de la manera en que enlaza los asuntos públicos con las miserias privadas, la intimidación
con la lealtad, la investigación con los afectos. No le pido más a una novela
negra que sabe lo que quiere ser y cumple con su cometido.

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